El fruto prohibido

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El fruto prohibido.

Mi posición no me permitía ver su rostro. Ella se había sentado al frente del auditorio y yo sólo podía observar su hermoso pelo castaño, símil a una cascada forrada con seda, cuidado hasta el más mínimo detalle.

Este instante marcó el inicio de un historia tan alegre como triste, tan dulce como amarga, tan presente como lejana.

Pasan los años y por momentos cedo al recuerdo de esos besos espontáneos, capaces de alterar el curso de mi día; sabían a manzana, su fruta favorita.

Toco mi pecho, repaso lentamente con mi tacto esta vieja cicatriz, una herida que palpitaba cada vez que escuchaba su nombre. Hoy sólo es piel muerta, carente de sensibilidad.

La mezcla de amor y odio ha cambiado al fruto prohibido. Es oscuro y funesto, me seduce y lo olvido.

   

El miedo purificador.

Pesadillas
Pesadillas

 

Me encontraba dentro de un avión en pleno vuelo, no conocía cuál era el destino final de este viaje, parecía que esto era lo de menos. Las azafatas circulaban por el angosto pasillo ofreciendo una bebida de cortesía.

Una leve turbulencia sacudió el ambiente. El grito de una mujer activó el llanto de un bebé que hasta ese entonces descansaba plácidamente para bien común.

Nos metíamos en una tormenta. Los rayos iluminaban las pequeñas ventanas de nuestro aeroplano; podía observar un cielo agresivo pintado de gris  y negro.

El viento no cedía y el avión se tambaleaba con mucha más fuerza. Se  escuchaba el sonido del aluminio retorciéndose al compás de la tempestad; empero, la estructura del aparato seguía indemne.

Había decidido no ser parte del tropel de histéricos que clamaban al cielo por sus miserables vidas. Mi mirada impertérrita estaba enfocada en el horizonte buscando un ápice de bondad, algo que me indicase el final de esta tormenta.

Los segundos se convertían en horas y mi falsa calma comenzaba a descascararse; el tiempo rasgaba mi paciencia.

A lo lejos, la bicromía del paisaje se comenzaba a distorsionar. Veía lo que parecía ser el fin de este martirio.  Eran hileras infinitas de árboles gigantes que servían como base a un cielo herrumbroso.

Sentí un poco de alivio pero por alguna razón instintiva, sabía que algo andaba mal; ese color rojizo del ambiente no era natural.

Paulatinamente el avión dejaba de columpiarse. Atrás habían quedado los rayos y las nubes vestidas de luto.

Los pasajeros celebraban el fin de este calvario. Unos aplaudían otros terminaban sus rezos. Yo mantenía mi desconfianza. Las sonrisas y la calma reinaban nuevamente, las azafatas no se daban abasto con el reparto del vino. Seguíamos nuestro camino.  

De repente, sucedió…

Un sonido estrepitoso acabó con esta falsa paz. Era el ruido de varias explosiones, una tras otra. La gente volvió a enloquecer. Las azafatas rodaban por los suelos. Esta vez gritaban no una sino varias mujeres y muchos hombres también.

Mi ventana ya no sirvió de aliciente. A través de ella veía unas bolas de fuego gigantes que descendían del cielo a gran velocidad. El basto manto verde por el que aún navegábamos se transformaba en un infierno lleno de brazas. Podía sentir cómo el piloto de la nave en su burdo intento por esquivar este maligno espectáculo dirigía al avión sin rumbo fijo, tratando de adivinar el destino menos trágico.

Sorprendentemente esto parecía funcionar aunque cada vez se percibía más probable  un impacto con estos mensajeros del infierno.

Las copas de los árboles se encontraban a menor distancia. El capitán parecía que se había olvidado -con justa razón- de mantener una altitud adecuada.

Mis nervios estaban por estallar pero mi cuerpo se mantenía clavado al asiento. Mis ojos reflejaban las llamas del entorno; mis oídos ya no escuchaban nada.

En mi mente estaba preparado para lo inevitable. Lentamente mi ser se resignaba a la desgracia.

Entre tanta confusión nuestro destino se había sellado. A gran velocidad, una bola de fuego venía directamente hacia nosotros, era el final. No me tapé los ojos, no traté de escapar, no emití sonido alguno, solo la vi llegar.

En apenas un instante -capaz el más intenso de mi vida- me sentí muerto. Esa rara mezcla de resignación y coraje  me brindó una aguda sensación de paz.

Lentamente abro mis ojos…

La obscuridad me rodea. Reacciono y me doy cuenta que estoy acostado en mi cama. Mi  frente está bañada en sudor. Mi corazón late con mucha furia, he descargado un gran peso de encima. Mis miedos se han esfumado.

Era un mal sueño, una pesadilla. Siento que ahora las disfruto, siento que quiero ir por más.

Mojitos.

mojitos
Mojitos.

Decenas de parejas bailan al compás de un ritmo tropical. Las mujeres menean sus caderas con mucha fuerza y sus rostros muestran felicidad. El calor es insoportable para el que va llegando, apenas y hay como avanzar entre tanta gente.

Poco a poco me abro paso hacia la barra. He escuchado que en este sitio preparan los mejores mojitos de la ciudad.

La música que da vida al lugar no es grabada, es interpretada en vivo por un grupo de cinco personas. La vocalista es una mujer de más de sesenta años. Su voz y su actitud no han envejecido a la par de su ser, se resisten a jubilarse.

La propuesta musical de esta banda proviene del caribe. Tocan son cubano, un ritmo endiablado que provoca que hasta el más introvertido suelte uno que otro paso.

En la barra he ordenado un mojito. El sabor a hierba buena combinado con hielo y ron blanco, refresca mi boca con cada sorbo. El ron relaja mi cuerpo, me siento un poco más ligero.

No hay mucha luz en el ambiente, apenas uno que otro reflector se enciende y se apaga, a veces coincidiendo con el ritmo de la música que rodea el lugar.

La banda está prendida, la gente baila con más actitud, con más pasión. Me he adaptado al entorno, soy uno más, un nuevo miembro de esta tribu de danzantes, aunque por el momento, estoy incompleto.

Ese instinto primario que alguna vez fue mucho más desarrollado en los humanos me permite sentir que alguien me observa, es como si pudiera oler una mirada.

Efectivamente esto ocurre. En el fondo, un grupo de mujeres bailan entre si, como cuidándose una a otra. Son tres en total. Una de ellas me mira disimuladamente, yo caigo en este juego. La veo, me ve. Manipula su cabello, yo sorbo un poco de licor. Ella fija su mirada, su rostro se muestra serio a veces sonriente, su cuerpo permanece estático aunque relajado, solo su pie izquierdo se mueve al compás del ritmo.

Yo observo, miro a su alrededor, esperando que no aparezca algún sujeto de la nada, aquel que pueda interrumpir mis intensiones. Decido, es hora de actuar.

Bebo el último sorbo y dejo mi vaso atrás, camino disimuladamente entre la multitud. De reojo me doy cuenta que una de sus amigas se ha fijado en nuestro juego de miradas, eso no es bueno ya que podría ser un obstáculo para mis deseos.

Hago una pausa, la duda me influye. Cambio mi ruta, entro al baño, me veo al espejo. Me doy cuenta que el calor ha ondulado levemente mi cabello. Mojo mis manos y las sacudo fuertemente. Refresco mi rostro y acomodo mi pelo. Saco mi móvil, tengo dos llamadas perdidas, las ignoro, lo vuelvo a guardar. Salgo con destino a la barra, sin mirar atrás.

Me ha gustado mi primer mojito, pido otro y me lo dan. Este está muy cargado, siento que mi boca ha hecho una mueca, trato de controlar esto sin dudar.

– ¿Está muy fuerte? Escucho esa pregunta a mis espaldas. Me viro, !es ella! Con la pajilla en mi boca, trato de no mostrarme sorprendido, ni indiferente, ni arrogante, ni sencillo; ni lento, ni rápido, ni estúpido, ni muy inteligente…

– Un poco, contesto. Sonrío y siento que me he sonrojado.

No hay tiempo para hablar, el ruido del ambiente tampoco ayuda a esto. Sin pensar, pregunto: – ¿quieres bailar?

Me ve a los ojos, sorbe un poco de su licor -por coincidencia es un mojito- sonríe y toma mi mano, me lleva hacia la pista de baile.

Apenas y he podido absorber un poco de mi trago. Con mucha audacia, alcanzo a dejar mi vaso junto al de ella. Se han quedado nuestros mojitos en la barra, conversando. Una luz los alumbra desde arriba,  formándose un ambiente ideal para que surja el amor.

Ya en la pista, nuestros cuerpos se empiezan a conocer, me encanta su aroma, me doy cuenta que tenemos el mismo color de ojos, no se lo menciono. Su cabello es lacio, muy suave; le llega hasta un poco más arriba de la mitad de la espalda.

Guío a mi pareja, propongo el paso. Mi mano derecha se posa en su espalda, ni muy arriba ni muy abajo, rozando un poco lo prohibido. Mi mano izquierda comenzó sosteniendo sutilmente su mano. Conforme pasa el tiempo, nuestros dedos se han intercalado; eso es una buena señal.

Ya no nos miramos, solo nos sentimos. Ella da vueltas, yo la sostengo, ella mueve sus caderas, yo me guío de esto.

Sin embargo, nuestros rostros coinciden eventualmente. Veo sus blancos dientes muy parejos, como si hubiesen sido producidos por una mano ajena. Sonríe, sonrío.

La música nos lleva al paraíso, la banda está inspirada, toca con más son.

En una de tantas vueltas, veo de lejos a sus dos amigas. Una de ellas conversa y ríe con un individuo, se han perdido en su mundo. La otra nos mira fijamente, al parecer no es su noche, o ella no quiere que lo sea.

Vuelvo a lo mío, cada vez bailamos mejor. La química crece. Algunos aprueban nuestro acto con miradas alegres, otros irradian envidia, ésta los hace tropezarse.

De pronto sucede lo impensado… la banda se ha callado. Solo el sonido del bajo acompaña las palabras de la cantante. Se están despidiendo, el show ha terminado.

Paramos por primera vez. El sudor, el calor y la falta de aire se hacen más notorios.  En sincronía, soltamos un fuerte suspiro, sus manos aún agarran las mías.

Me abraza y la abrazo, siento la piel de su espalda húmeda ya que su blusa escotada me lo permite. También  percibo su agitado corazón. Nuestras mejillas se han rozado, están calientes. Unas leves gotas de sudor nos refrescan mutuamente.

Las luces se prenden, me muestran a la mujer ideal. Por su sonrisa parece que también le he gustado. Nuestros dedos siguen entrelazados. Nos damos cuenta de esto, nos reímos y nos soltamos avergonzados.

¿Quieres tu mojito? le pregunto. Ella asiente positivamente la cabeza.

Nos volvemos a tomar de las manos, caminamos a la barra y brindamos.

Como por arte de magia -de magia negra diría yo- aparece su amiga; aquella que decidió amargarse la noche. La toma del brazo y le dice que es momento de salir, de regresar a casa, o tal vez de ir a otro lado. La verdad he perdido el interés por escuchar. Cualquier decisión la he dejado en manos del destino (esto quiero aparentar).

Mi mojito sigue casi intacto, el de ella está a medio terminar. A unos cuantos pasos observo una discusión. Un chantaje se está cocinando, su solitaria amiga lo ha condimentado.  

Ella viene a mi, se toma lo que resta de su vaso. Su rostro muestra tristeza e indignación. Se dirige a mi oído y susurra cálidamente: la próxima semana vengo sola; misma hora y mismo lugar. Se aleja levemente, parece ver mi cara de decepción. Sin pensarlo, se acerca y me besa. Son varios los segundos en que puedo sentir esos labios carnosos y húmedos con sabor a hierba buena.  

Nuevamente se aleja, sonríe a medias y se va.

Adiós digital.

 

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Adiós digital.

 

Enciendo mi portátil, es hora de leer que ha sucedido en el transcurso del día. Los políticos y sus promesas -algunas tan irrisorias que caen en lo absurdo- ocupan las primeras planas de los periódicos digitales. Sigo con los deportes y sus estrellas convertidas en dioses por las masas, cuentan historias fabulosas aunque un poco exageradas, a través de un lenguaje simple, fácil de digerir. Continúo leyendo y me encuentro con la nueva tableta de color champagne, aquella que piensa casi por si sola, advierten que muy pronto invadirá nuestros hogares, brindando alegría y diversión; rio, por un segundo me he tentado en comprarla…

Noticia tras noticia, voy perdiendo mi impulso inicial, caigo en un estado de aburrimiento único, necesito alimentar mi interés con algo que valga la pena para mi.

Sigo navegando por este mar virtual, esquivo o trato de esquivar lo banal; después de superar algunos obstáculos, lejos en el horizonte diviso algo que me ha llamado la atención. Es un hermoso retrato de un grupo de personas captado sin que ellos se hubiesen percatado; sus expresiones naturales confirman mi teoría. Mi interés se vuelca completamente en esta fotografía. Analizo la luz, la posición y la técnica del autor, me he perdido en mi mundo, atrás ha quedado lo desagradable, lo cotidiano.

Una cosa conduce a otra, esta foto me transporta a mis más frescos recuerdos, comienzo a pensar en la gente con la que he interactuado el día de hoy.

Siento que una sonrisa se instala en mi rostro, estoy pensando en Laura, mi vecina. Es una mujer realmente hermosa; su mirada es penetrante, el sonido de su voz incentiva la creación de agradables fantasías; sus caderas cumplen con el estereotipo de la perfección, al menos en este lado del mundo. Recuerdo que las palabras que intercambiamos fueron escasas pero con ella no son tan necesarias. Sus ojos me han dicho mucho más de lo que quería oír, su sonrisa  coquetamente dirigida a mi ha hecho que empiece el día de la mejor manera.

Regreso de mis pensamientos, sorbo un poco de té que he preparado, miro a través de mi ventana, observo una línea casi interminable de máquinas humeantes, me siento afortunado por no estar atascado en el tráfico, por haber tenido más suerte que algunos.

Inmediatamente aparece la imagen del idiota que horas atrás quiso robarme el espacio para estacionar mi coche; un rival en esta guerra urbana. Luego de algunos gritos, varios insultos y una que otra mirada cargada con odio, el asunto se resuelve, pude por esta vez imponer mi verdad, defender mi posición; mi auto descansa cerca de donde me encuentro. Aquel individuo se alejó lentamente, con cara de pocos amigos, resignado con su derrota, clamando una futura venganza.

De repente, un destello en el vidrio de mi cuarto me devuelve a la realidad, es el televisor que está emitiendo luz y ruido -mi héroe de la infancia- hoy en estos días, un simple instrumento capaz de contrarrestar esas tardes silenciosas.

Continúo con mis pensamientos, aparece la última persona con la que he hablado en este día, hasta el momento; es un hombre con camisa y corbata, tiene más gel que cabello en su cabeza. Es muy atento, muy profesional, agradable hasta cierto punto. Mantiene una sonrisa constante, esto recuerdo, empezó a molestarme en ese momento.

Es el encargado de cierto trámite que tengo que realizar con la compañía de seguros médicos en la que alguna vez deposité mi confianza. Su oficina está expuesta a un ruido ensordecedor, la gente circula libremente por ahí, unos con más apuro que otros. En su mayoría veo rostros de preocupación y tristeza, reinan en este ambiente; es normal hasta cierto punto, ¿quién en sus cinco sentidos se alegraría cuando se enferma?

Ahora pienso y sé por qué me ha llamado la atención este sujeto. Mantener una sonrisa en un entorno depresivo puede que sea su única arma para defenderse de tanta carga negativa. Sin embargo, en  ese momento no lo entendí, o mejor aún, no me importó entenderlo.

Cansado, me he acostado en mi cama, tratando de no pensar en nada más; al frente la caja tonta se esfuerza por comunicarse conmigo, la ignoro, a mi izquierda está la portátil y el móvil, siento que me dicen, ¡oye, aún hay más noticias que leer, más fotos que ver!, también los ignoro; a mi derecha está la ventana que muestra una ciudad que poco a poco se va apagando, me siento solo…

Los párpados se vuelven más pesados, mi respiración se hace más lenta, mi cerebro empieza a descansar.

¡Despierta!, un maldito tono digital clama mi atención, dice: ¡hola, quiero hablar contigo! Me molesto pero a la vez siento algo de curiosidad.

Agarro el móvil, lo desbloqueo y leo:

-¿Hola qué tal?

¡Es ella!, alguien que deseo pero que extrañamente no ha estado presente en mis pensamientos el día de hoy.

Parcamente contesto:

– todo bien, ¿qué hay?

Luego de una breve pausa, la cual he sentido ridículamente eterna, recibo una respuesta:

– ven, te extraño; tengo vino y una linda vista.

El móvil se resbala de mis manos, respiro, ignoro mi cansado cuerpo, pienso. Se viene a mi mente esa voz, ese rostro y esa figura que se esconden tras un aparatejo. Doy una rápida mirada a mi alrededor; estoy rodeado de plástico, vidrio, cables, electricidad y de información a la que no me interesa acceder, no en este momento.

El ladrón del estacionamiento se puede ir al infierno, el atento sujeto con una sonrisa rara puede acompañarlo; Laura y sus caderas pueden quedarse en mi mente un rato más. No hay nada que pueda hacer en este instante para impedir que los políticos sigan robando; las miles de hermosas fotos que brotan cada día producto del ingenio humano, pueden esperar y ser observadas en otro momento, capaz se vean bien dentro de la nueva tableta digital.

Me concentro, lo único que sé es que necesito hablar con ella, necesito verla, escucharla y sentirla; el móvil ha puesto sazón a un noche insípida, ahora quiero a este pedazo de chatarra; escribo:

– en veinte estoy ahí 🙂

El gran Monarca.

Cayambe
Volcán Cayambe.

 

Un manto de algodón flota en el cielo. Celosamente cubre el cuerpo de este gigante que domina desde su trono una basta porción de territorio.

De repente la madre tierra ha cedido a sus caprichos, ordena que se descubra esta escultura de roca, tallada por unas manos divinas; aparece en escena el gran Cayambe.

Este monumento de la naturaleza impone con su sola presencia un aire de respeto  provocando que el clima se incline a sus pies. Esto produce en su entorno una atmósfera única, capaz de dar vida a una diversidad de flora y fauna.

Es precisamente donde las rosas -las hijas consentidas de este padre de cabeza plateada- crecen y se vuelven tan hermosas que fungen como embajadoras de buena voluntad, recorriendo el mundo entero, adornando el hogar de miles de personas, reviviendo viejas pasiones, brindando condolencias.

El Cayambe cuida de su gente, les brinda una oportunidad para llevar el pan a casa, es un justo monarca, un sobreviviente de esos que ya no existen.

Retrato de la carita de Dios.

Quito

 

Un aire gélido invade mis pulmones, me mantiene alerta, activa todos mis sentidos. Me encuentro a una altura considerable, un lugar que medio siglo atrás, hubiese sido imposible alcanzar.

La azotea de este edificio -uno de los más grandes de la ciudad– me brinda una atmósfera de paz; el ruido urbano es casi imperceptible, el silencio se ha convertido en mi fiel compañero.

Aquí arriba es otro el panorama, la urbe se muestra en todo su esplendor, cuan bella y extensa es. Los automóviles se ven como pequeños puntos en movimiento, la gente ha desaparecido por completo.

Paciente aguardo a que el cielo se vista de luto y que las miles de luciérnagas creadas por el hombre, salgan a escena, pintando el entorno con luces y sombras. 

Así mismo, tengo la esperanza de captar un agradable degradé de colores, compuesto por la mezcla de lo natural y lo artificial, apoyado por la textura que aportan las nubes.

Mi espera da fruto, veo a Quito -la carita de Dios- arreglada con sus mejores galas, su rostro posa ante mi atenta mirada, pronto será retratado.

Todo este paisaje me invita a reflexionar, a pensar en los cientos de miles de almas que este momento me rodean; si bien no se muestran en la postal, de una u otra manera, forman parte de ella.

Les presento a Quito, luz de América.

Dar gracias al cielo.

Tungurahua
Volcán Tungurahua, Ecuador.

 

El sol ha despertado, sus rayos iluminan una almohada huérfana que aún conserva algo de calor, los rituales matutinos han sufrido un adelanto, están por culminar, a duras penas mi cuerpo acepta un café humeante, me dispongo a salir de casa para ganarme la vida.

Un par de autos me escoltan en la carretera, un viaje de dos horas me espera.  

El tiempo recorre una carrera paralela con la distancia, he alcanzado la mitad de mi destino, el cielo despejado me ha abandonado, se puso triste y sus lágrimas mojan el pavimento.

Las dos horas se hicieron tres, una nueva ciudad me recibe; aparto por un instante el análisis de lo que me rodea, me concentro en mi trabajo.

Con la cámara fotográfica capturo decenas de sonrisas y miradas fijas; los rostros sin expresión alguna son animados a cambiar,  y es que estos seres deben mostrarse casi perfectos, así lo demanda el público, aquel que lee la revista en donde me desempeño.

 El tiempo -al no ser tomado en cuenta- ha volado sin necesidad de alas; he cumplido mi misión, finalizo con un abrazo de cortesía, me despido con alivio y cierta tristeza.

Prometo que en otra ocasión recorreré la nueva ciudad. Tengo que volver a seguir alimentando al monstruo de la rutina; la carretera no perdona, el tráfico puede despertarse de un momento a otro.

De regreso, a manera de recompensa, el cielo nuevamente ha cambiado de humor, está dispuesto a complacer mi vista, ha desechado sus tristezas, despejando el día.

El paisaje se muestra como una gran obra de arte pintada por el mejor de los artistas, la naturaleza. Todo color combina a la perfección, el verde de los montes, el dorado de las planicies y el turquesa del cielo; hasta la carretera se integra perfectamente mostrando ese “plomo civilización.

Pero algo tiene que romper esta gloriosa monotonía, algo tan grande como espectacular. El camino se acorta cada vez más, pequeños poblados aparecen a lo lejos, una señal me advierte de una curva peligrosa, tomo las precauciones del caso, supero este obstáculo y ejecutando una entrada triunfante, el coloso aparece en el  escenario.

Es el grandioso Tungurahua, un volcán noble pero muy temperamental. Ha decidido posar para mi lente, mostrando su elegante manto de color blanco. Ahora, las sonrisas y la mirada fija provienen del fotógrafo, no del retratado. Estaciono mi auto, preparo mi equipo fotográfico, cerca de donde estoy, un campesino irradia felicidad al observar -como un niño curioso- mi cara de emoción, me ha visto dar gracias al cielo, él dice esto te lo da Taitita* Dios.

*Padre

 

New York, New York.

New York
Times Square, NY.

 

Grandes edificios uniformados con inmensos vitrales, que escoltan mi camino y guían mi andar. Esto es lo primero que se viene a mi mente al pensar en Nueva York.

Hubo una etapa en mi vida en la que visitar este paraíso tormentoso, aliviaba mi triste ser; la casa donde vivía, ubicada en un pueblo a escasos treinta minutos de distancia me lo permitía.

Ir a Nueva York era para mi como ir a otro mundo, el cúmulo de gente me provocaba una sensación de miedo, no estaba acostumbrado a ver tantos individuos, tan distintos uno del otro. Con el pasar del tiempo ese miedo se apagó y ya se hizo habitual casi indispensable el convivir con toda esa marea humana.

Nueva York, es sin duda alguna el sitio en donde el amor no distingue ningún tipo de estigma social y el odio puede estar tan cerca, como a la vuelta de la esquina.

Pasaron los años y una mañana cuando me encontraba deshaciéndome de los objetos inútiles del pasado, di con esta fotografía. A simple vista carece de una estética básica, hasta es pobre técnicamente. Sin embargo causó en mi una ola de sensaciones y maravillosos recuerdos tocaron la puerta de mi alma. Esta postal me muestra pequeño en porte, casi insignificante; confundido entre el caos del tráfico, perdido entre torres de cemento provenientes del ingenio humano; precisamente es como uno puede llegar a sentirse en un espacio tan grande, con tanta gente.

Por otro lado, una gran ciudad puede colaborar con tu crecimiento interno si las sabes aprovechar. Con o sin dinero, los espectáculos abundan y basta con abrir los ojos y afinar los sentidos para poder observar la magia presente en cada rincón cosmopolita.

Los bares de jazz y su música divinamente diabólica, los museos y sus tendencias artísticas que rigen el mundo o gran parte de él, la calle y los vapores tenues que pintan los primeros rayos de luz en la mañana, son parte del conglomerado que hace de esta ciudad, el edén de la cultura universal.

La vieja escuela.

Santiago de Chile.


El concreto de las calles hervía como si se tratase de una sartén en plena hornilla. El verano había llegado a Santiago de Chile.


Como buen turista, poco importó la
atmósfera casi dantesca en la que me encontraba y con cámara en mano, mis ganas de conocer esa linda ciudad me impulsaron a recorrer -diría yo- gran parte del centro santiaguino.

Grandes y modernos edificios se mezclaban con imponentes estructuras de épocas pasadas. Por otro lado, la gente se movilizaba casi siempre con una sonrisa en sus rostros, vistiendo ropas cómodas muy holgadas.

Precisamente fue el detalle de la vestimenta lo que me llamó la atención de esta persona, la que sale en la imagen. Podría decir que resaltaba por ser el único que a pesar de la inclemencia del clima, portaba con orgullo el saco de su terno.

Mi cámara habló y me pidió que observara su comportamiento, que no lo pierda de vista. Luego de un breve seguimiento, sentí que era hora de aplastar el disparador.

Lo espontáneo se hizo presente, un hombre diferente al resto, atrapado en épocas pasadas, había resurgido. Su único interés, informarse de lo que acontece en el mundo pero de forma individual, leyendo un viejo periódico.

Pude sentirlo como un guerrero triste y solitario, un rebelde que reniega del entorno moderno en el que vivimos, un mártir de la vieja escuela.

Canoa, Manabí.

Pescador en Canoa, Manabí.


El viaje no fue planificado, los amigos se contagiaron de esa sensación de aventura que provoca salir disparado del caos y la rutina del monstruo llamado ciudad.

Luego de superar una carretera llena de misterios, llegamos a nuestro destino, una hermosa playa con gente sencilla, aquella que te inspira a seguir creyendo en el ser humano.

En la imagen se aprecia una lancha típica de la zona utilizada por hábiles pescadores; gente que se juega la vida a diario por llevar el pan a su casa, cuya única herramienta de navegación es el coraje que recorre sus venas.

Aquella tarde fue mágica, la conversa, las risas, los recuerdos, en fin, la buena onda, iban a la par de un sol tímido pero generoso con su calor, acompañado de suaves brisas de aire fresco que elevaban al cielo nuestros pensamientos.

Canoa,
te extraño, quiero verte pronto, mi ser así lo dictamina.